Todos en nuestra vida pasamos por momentos que nos generan alegría, tristeza, esperanza, miedo, ansiedad… Y es muy importante que sepamos reconocer estos sentimientos para poder gestionarlos. Desde pequeños nos enseñan que quién está alegre está sonriendo y quién está triste está llorando o cabizbajo. Pero no es tan sencillo.
Por desgracia, la depresión, al igual que muchos problemas psicológicos, no es fácil de entender por los demás. Un brazo roto se ve y se comprende, el hueso se ha roto y necesita su tiempo para sanar. Pero una depresión no se ve; “solo tienes que animarte y salir y entrar.” La solución no es tan sencilla, debemos trabajar con los sentimientos y con los pensamientos para modificar la conducta, y a su vez trabajar con la conducta par modificar los sentimientos y pensamientos.
En muchas ocasiones camuflamos esa tristeza con una sonrisa forzada, y silenciamos los pensamientos negativos y derrotistas que nos inundan la mente, pensando que con ello desparecerán. Sin embargo, ésto los hace más fuertes y con ello, cada vez más presentes. Para los demás, más difícil aún será comprender la depresión, mientras para ti, cada vez se complica más el salir de ahí.
Podemos imaginar que en nuestra mente hay dos lobos, un lobo blanco, que nos dice cosas bonitas (pensamientos positivos) y un lobo negro que nos dice cosas feas (pensamientos negativos). Estos dos lobos están en una continua guerra para que los oigamos.
Cuando las creencias negativas se hacen cada vez más presentes en nuestro pensamiento. Estamos alimentando al lobo negro, le estamos dando fuerza para superar al blanco y llegará un momento en el que sólo lo escuchemos a él, no dejando sitio al lobo blanco que se hace cada vez más pequeño.
Estos pensamientos negativos y derrotistas afectan a nuestros sentimientos y nuestras conductas. A más pensamientos negativos, más sentimientos de desesperanza, negatividad, menos ilusión por las cosas, más tristeza, ganas de llorar, sentimientos de vacío, incluso irritabilidad y frustración. Y más conductas de huida, desinterés, problemas con la alimentación, agitación, retraimiento, desidia, impotencia, culpabilidad, odio a si mismo, falta de energía…
Y esto nos crea un bucle del que no nos vemos capaces de salir; estoy triste, solo tengo ganas de llorar, me quedo en casa, me meto en la cama, dejo de hacer actividades que me gustan, me siento más triste, me siento vacío, no tengo hambre, me encierro en mi mismo… Con todo esto seguimos haciendo cada vez más fuerte al lobo negro, hasta el punto en el que el lobo blanco, parece que ha desaparecido.
Incluso, podemos llegar a tener ideas suicidas, entendiendo que la muerte es la única salida para acabar con nuestro sufrimiento. Y esto, aunque nos parezca raro, no nos debe asustar, es la respuesta que nos da el cerebro como escape de la situación en la que nos encontramos, “la manera de dejar de escuchar al lobo negro”. Sin embargo, NO ES LA SOLUCIÓN. Debemos trabajar con el lobo blanco, debemos ir alimentándolo poco a poco, para que vaya cogiendo fuerzas y para que poco a poco vaya ganando la lucha al lobo negro. También debemos trabajar en dejar de alimentar al lobo negro, para que deje de tener esa fuerza y deje de imponerse al lobo blanco.
El objetivo de la terapia, en los casos de depresión, es recuperar el interés por lo que nos rodea, volver a tener ilusión por las cosas y dejar de sentirnos hundidos en la tristeza y la desesperanza, poder disfrutar de las pequeñas cosas como antes lo habíamos hecho. Pero para poder alcanzar estos objetivos, debemos plantearnos pequeñas metas que primero nos hagan cortar el círculo vicioso en en el que la depresión nos ha metido y después nos permitan fortalecer al lobo blanco y debilitar al lobo negro. Con esto conseguiremos que llegue un momento en el que no tengamos que escuchar a ninguno, que se aparten del primer plano de nuestra mente y podamos llevar una vida normal. Que lo único a lo que nos tengamos que enfrentar sean las preocupaciones del día a día y que tengamos las herramientas para superarlas.
